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Athena! Ooi Naru Ai
SIDE STORY 3 Publicado en el Jump Gold Selection 3 ó Anime Special 3
Las doce llamas que marcaban el paso del tiempo en la torre del reloj de fuego ya se habían desvanecido. En el cielo nocturno, como tratando de aliviar las heridas los jóvenes que por primera vez en la historia habían desafiado al Santuario, en la ya llamada batalla de las 12 casas, el resplandor de innumerables estrellas iluminaba suavemente. La cruel batalla que había durado más de 12 horas, aquí había llegado a su fin. Incluso después de que los caballeros de oro supervivientes se hubieran llevado a Shiryu y a sus compañeros para que los atendiesen, Saori continuaba abrazada a Seiya apretándole contra su pecho. Por mucho que le llamara a Seiya ya no le quedaban fuerzas para responder y ella ni siquiera podía secarse las lágrimas que fluían libres por sus mejillas. Saori continuaba, llamaba a Seiya desde el fondo de su corazón. -Seiya...-
Como única heredera de la fundación parecía que vivía sin privaciones, pero en realidad Saori no tenía a nadie a quien confiar su corazón, estaba sola. Aunque muchos sirvientes y aspirantes a caballero se arrodillaran ante ella, eso no la llenaba. Saori sentía como todos ellos bajaban la cabeza ante la autoridad del presidente de la fundación Mitsumasa Kiddo, no ante ella por su voluntad. Su soledad, impaciencia, inestabilidad, ira... cuando se miraba a sí misma en los ojos de Seiya se daba cuenta de que eran iguales. Y mientras atormentaba a Seiya, a la vez, gritaba desde el fondo de su alma.
-Seiya...dime...¿qué debería
hacer ahora?- Tan pronto como comprendió su destino como Atenea, Saori había intentado asesinarse a sí misma. Hacía seis años que Seiya y los demás habían sido dispersados por el mundo para obtener sus armaduras. Cuando de nuevo volvieron a Japón ella les enfrentó a una nueva prueba, el llamado Torneo Galáctico. Sólo para conseguir sus armaduras habían sufrido muchísimo y ella cruelmente les había ordenado que lucharan entre ellos. Saori, ciertamente, se comportaba como la reina ante la cual los esclavos luchaban en el Coliseo, ya desde las antiguas leyendas griegas, se inclinaban y admiraban. Al menos no había duda de que así es como miraba a Seiya y a los otros. Incluso cuando el semblante de Seiya, que vestía la armadura de Pegaso y que se había desarrollado vigorosamente, desprendía la rebosante autoconfianza del caballero en que se había convertido y que se encontraba ante ella, los ojos de Saori que le contemplaban seguían viéndole como en el pasado. Saori se tragó sus palabras de agradecimiento para Seiya. De que serviría, decia ahora esas palabras. El cosmos que Atenea despertaba dentro de ella, sentía claramente que este torneo galáctico no sería más que un fácil preludio, y que de ahora en adelante excesivas batallas involucrarían a Seiya y los otros caballeros. Desde entonces, pasaron tiempos tormentosos y en algún momento desapareció la fría tirantez entre Saori y los Caballeros. En cada momento de duras pruebas o de repetidas batallas que se pasaban juntos, cada vez que superaban un obstáculo, la distancia se iba estrechando. Saori ya no era Saori Kido, era Atenea... Seiya y los otros caballeros de Atenea habían protegido a Saori y Saori también quería protegerles a ellos. -¡Saori San!, ¡Atenea!, ¡Seiya!-
La expresión del rostro de Saori, que alzaba la vista lanzando una demanda a la estatua de Atenea que se alzaba dominante justo a su lado, era la expresión de Saori Kido, la simple chica que ciertamente parecía asustada como un pajarillo que empieza a levantar el vuelo. Había un hombre que se había quedado silenciosamente vigilando los movimientos de Saori, Mu caballero de oro de Aries.
Capítulo 2. El Amor de Atenea A la mañana del día siguiente, una oleada de clamores que rompían el silencio, sacudieron el Santuario. Era el clamor que todos alzaban para alabar a Atenea y celebrar su advenimiento. Debido a la conspiración de Saga de Géminis su figura había estado envuelta en un velo de misterio e incluso algunos habían dudado de su existencia, pero ahora, la misma diosa se mostraba ante ellos en toda su hermosura y nobleza. Todos los habitantes del Santuario se regocijaban del resultado de la batalla y la victoria de la justicia y rezaban, confiaban en que de ahora en adelante la paz devuelta perduraría para siempre.
Fanart de Carlos Alberto Lam Reyes (Perú) Ese era el mismo sentimiento que albergaba Saori. El Santuario, que era un lugar que podría considerarase como un punto clave para el mantenimiento de la tierra, se había convertido en un campo de batalla y la sangre de muchos amigos había sido vertida. En la dulce y a la vez llena de fuerza sonrisa que Atenea devolvia a los que estaban ante ella no había nadie que pudiera percibir un solo punto oscuro. Excepto una persona... Imagen no oficial En las afueras del Santuario, en un frondoso bosque se alzaba silencioso un antiguo y pequeño templo que nadie advertía. Era conocido como "La fuente de Atenea", pero esto no era porque allí existiese una hermosa fuente sino porque el aire de esos alrededores durante miles de años, había parecido como si punzase la piel, hélándola. Incluso dentro del Santuario podría decirse que casi nadie conocía la existencia de este templo. Era como una UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) para caballeros. Y tanto Seiya como sus compañeros, los cinco que habían quedado agonizando tras las graves heridas recibidas en la batalla, ahora estaban siendo atendidos allí en todo lo que fuera posible hacer por ellos. En ese bosque de oscuro verdor, con la falda del vestido, completamente blanco, casi transparente, ondeando tras ella, Saori andaba presurosa. -Imaginaba que vendrías Atenea- Ante ella Mu le cortaba el paso.
Fanart de Carlos Alberto Lam Reyes (Perú) Mu, en ese momento, no pasó por alto en la expresión de Saori el miedo que por un instante apareció en su rostro. El miedo de quien se cree culpable de un terrible crimen, algo que no era propio de Atenea. -Por
supuesto Mu..... como Atenea que soy, es natural que me preocupe por el
estado de mis caballeros, los caballeros de Atenea. Además es por
mi culpa que ellos.....
Fanart de Carlos Alberto Lam Reyes (Perú) Mu estaba leyendo su corazón y comprendía perfectamente que la muchacha que estaba ante él no era Atenea, era Saori Kido. -Pero si llegara a perder a Seiya yo... Sólo con pensarlo su autodominio se volvía incluso más frágil que el vestido de seda que llevaba. -Por
favor, apártate Mu-. Saori trató de escabullirse de Mu, pero por alguna razón sus piernas parecían estar atadas por alambres y no podía moverse. -El amor de Atenea.... sólo en un caballero... en uno...- Saori tenía la sensación de poder oir los gemidos y el débil latido del pulso de Hyoga, Shiryu, Shun e Ikki que junto con Seiya permanecían tendidos sin sentido en la fuente de Atenea, intentando con todas sus fuerzas volver a hacer arder la llama de sus vidas que se desvanecía. Y no sólo eran ellos, el corazón de Saori se compungía al recordar los numerosos caballeros que por Atenea habían caido y vertido su sangre. Ante esta situación Mu le explicó a Saori el origen del nombre de la fuente de Atenea.
Fanart de Carlos Alberto Lam Reyes (Perú) En los tiempos mitológicos, cada vez que tenía lugar una guerra sagrada, los caballeros que recibian heridas mortales eran llevados a ese templo. Se decía que un golpe de los caballeros podía desgarrar el aire, romper el suelo. Incluso los que llevaban armadura de bronce en un segundo podían lanzar más de 100 golpes que rebasaban la velocidad del sonido. Los caballeros de plata podían lanzar el doble o incluso el triple, y con respecto a aquellos que portaban las armaduras doradas se decía que podían lanzar más de 100 millones de golpes que alcanzaban la velocidad de la luz. Por tanto, sus combates eran algo inimaginable y asi mismo el daño que podían recibir no podía ser poco. La estructura de la materia, es decir el fundamento de la misma era atacada y se llegaba a romper por lo que ni siquiera los médicos actuales podrían posiblemente salvar a la mayoría de los heridos en estas luchas. Muchos de los caballeros heridos, esperaban apaciblemente en este templo del Santuario, que era como su segunda casa, a que la muerte viniera a buscarlos. Pero entonces, dice la leyenda, que desde las lejanas alturas de la estatua de Atenea cayó una lágrima.
Fanart de Carlos Alberto Lam Reyes (Perú) Una lágrima que era como un cosmos dorado que humedecía un reseco desierto, como si de un oasis se tratara. Este cosmos envolvió todo el templo y sus alrededores y se dice que todos los caballeros se recobraron de sus heridas salvando sus vidas.
Fanart de Carlos Alberto Lam Reyes (Perú) Saori, aún con dolor, comprendió bien el sentido de lo que Mu quería indirectamente decirle con esa historia. Al volverse y mirar hacia el cielo, a través de los frondosos árboles, podía ver la expresión noble y a la vez dulce de la estatua de Atenea. -Ya no sois una simple joven, como la reencarnación de Atenea en esta época moderna donde todavía pululan las fuerzas malignas tendréis que librar muchas batallas-. Esta vez no miró a Saori directamente por el contrario permaneció con la mirada apartada de ella quizá con respeto como si esa fuera la prueba de que la reconocía como Atenea y la veneraba o tal vez fue producto de un extraño presentimiento al percibir que desde la lejania la estrella polar había empezado a emitir un cosmos inquietante.
Finalmente
tras hacer a Saori una respetuosa reverencia Mu desapareció entre
los árboles. -El amor de... Atenea... En contraste con su agitado corazón el mar Egeo que contemplaba desde el avión brillaba suavemente en un tono verde esmeralda.
Capítulo 3. Ataque Misterioso Ya habían pasado varios días desde que Saori abandonó el Santuario y a pesar de que la estación templada ya había llegado, en el santuario el tiempo permanecia siendo limpio y fresco como si él también celebrase el advenimiento de Atenea. Sin embargo, esa mañana, por alguna razón, había momentos en que podía sentirse una intensa corriente helada. En la Fuente de Atenea, donde recibían toda la atención que era posible, Seiya y sus compañeros aún no habían recobrado el sentido y todavía vagaban por la frontera entre la vida y la muerte. ¿Sería que sus cuerpos, al igual que sus armaduras, no iban a sobrevivir a la batalla de las doce casas? La
intranquilidad de los caballeros de Oro había aumentado considerablemente
cuando recibieron de Mu la noticia de que las armaduras de Seiya y los
demas habían muerto. Inmediatamente
abrieron sus soñolientos ojos con atención. Al igual que cuando cazaban en su tierra natal, permanentemente cubierta de nieve, contenían la respiración y controlaban su energia tratando de captar los efluvios de su presa. -¡Es esa habitación!- Los
asesinos que atravesaban corriendo la amplia galeria, llegaron sin el
menor extravio ante la habitación donde los caballeros de bronce
se recuperaban y de una fuerte patada reventaron la puerta. -¿Qui...quién eres?- -Hum,
alguien que se cuela en el Santuario como si fuera una vulgar rata ladrona
me pregunta a mí, mi nombre.... no me hagas reir- Si
la lucha se prolongaba, no sólo él sino también sus
indefensos amigos serían víctimas del grupo de asesinos.
Era un aura helada, de gran poder y rebosante de un poderoso instinto asesino, un aura incomparable con la de los asesinos de antes. La sombra blanca que salió de la arboleda lanzó un golpe a una velocidad imposible de seguir con la vista. -¡Se ha movido a la velocidad de la luz, como sólo los caballeros de oro deberían poder hacerlo! ¡Es un golpe a la velocidad de la luz!- Ikki se quedó petrificado ante el poderoso ataque helado que se le acercaba tiñendo el lugar con una luz blanco-azulada como si rasgara la noche. Un escalofrío recorrió su espalda. -En mi estado no voy a poder esquivarlo- Y no sólo eso, ni siquiera llevaba puesta su armadura, estaba a cuerpo descubierto. Ikki,
que hasta entonces nunca había sentido un auténtico temor
a morir, vió como el dueño de la sombra esbozaba una maliciosa
sonrisa de triunfo, quizás fuera la sonrisa con la que dicen que
el dios de la muerte invita a los muertos. -¡Shaka!- Al abrir los ojos se encontró a Shaka de Virgo parado frente a él protegiéndole del ataque de hielo.
La sombra blanca desapareció en la noche. -¿Pero por qué los soldados de Asgard han...?- Shaka se planteaba esa pregunta. Realmente si alguien pretendia amenazar al Santuario este sin duda podría ser el mejor momento. La discordia interna causada por la rebelión de Saga se había solucionado y todo el Santuario se congregaba en unanimidad alrededor de Atenea, pero de eso hacia demasiado poco tiempo, las cosas no estaban asentadas y Seiya y sus compañeros, que habían demostrado durante la batalla de las 12 casas una capacidad superior a la de los caballeros de oro, estaban agonizando, sin duda ahora eran un blanco fácil. -Sin pestañear murmuró Shaka preguntándose a sí mismo: la representante de Odin, Dios de Asgard, la princesa Hilda, incluso en los paises vecinos es amada y respetada por todos, se dice que rebosa bondad...- -Entonces ¿por qué? Antes de que Shaka pudiera terminar sus palabras Ikki se acercó a él. -Ya sea Odin, ya sea Hilda no podemos permitir que hagan lo que les plazca, debemos ir allí. -En tu estado actual es imposible que puedas enfrentarte a los legendarios Guerreros Divinos de Asgard. Además, tu armadura del Fénix, al igual que las de tus compañeros, vaga por la frontera entre la vida y la muerte. -¿Cómo?- -La armadura del Fénix, el pájaro inmortal, que aún reducida a polvo o cenizas es capaz de resurgir esta vez no puede sanar sus alas rotas. Sólo podemos confiar en la capacidad de Mu para repararla junto con las demás y en la capacidad de Seiya y los demás para superar sus heridas-. Ikki no pudo más que asentir ante las palabras de Shaka. Entonces se percató que la armadura de Shaka, que había recibido el golpe helado, estaba como quemada recubierta de blanca escarcha. Mientras que Ikki ni con su golpe más poderoso había sido capaz de producir el mas mínimo daño a la armadura de oro de Virgo. -Esa sombra blanca... ese hombre, debía de ser uno de los legendarios guerreros divinos de Asgard.
Por un momento, en un lejano lugar de su conciencia, Ikki tuvo la sensación de ver como la estrella polar así como las siete estrellas a las que correspondia su custodia brillaban con un extraño resplandor.
No fue hasta varios meses más tarde cuando Ikki comprendió que quien le había atacado aquella noche fue Bud de Alcor, Guerrero divino de Zeta.
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